viernes, 25 de marzo de 2011

La chapela y el turbante

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Los niños del Sáhara en el año 2000. Fotografía del autor
La última vez que estuve en África fue en el año dos mil. Treinta y nueve años después de la primera. Muchas miles de horas de reflexión después. De idas y venidas por el mundo propio y el ajeno. De la utopía al burdel y del desprecio a la admiración y al éxtasis. De herencia lentamente asumida ayudado por los clásicos –mi Venus de alabastro, Herodoto y tantos–.

Desde Madrid a Tindouf, no en línea recta, evitando Marruecos en un avión argelino. Percibiendo el odio cultivado por los franceses en los ojos absolutamente negros de la azafata argelina. Tres horas y media y, después, la nada oscura en los cristales sucios de los autobuses vascos y desvencijados. El polvo y la noche. Confundidos en el desierto.

Al llegar, el frío y más oscuridad. Retorno al pasado de las frías estaciones de tren, de madrugada, bultos en los andenes esperando amanecer, camino de los pinares de Soria, donde se alcanzaban las estrellas, en escuadras, y centurias, y los brazos alzados, y el infantil corazón perplejo, sorprendido... a la vez que los testículos del arengador –subido en una mesa, en un claro entre los pinos– cuelgan y se asoman por la pernera corta desluciendo la arenga, estrellando el imperio azul y de cartón en las risas escondidas de los niños.

Liturgia. Banderas. Símbolos. Algunos emocionan, unen, arrancan sonrisas satisfechas, reparan y llenan estragos y vacíos profundísimos causados por la búsqueda de orígenes, de sinceras respuestas, lógicas y razonables, que den sentido a la sinrazón enorme del andar por este mundo, tan inquietante y absurdo. Pero otros no. Hay otras banderas, otros símbolos, que tienen el odio prendido en sus colores, que son puñal y bofetada atrapados en sus trapos, y que al ondear esparcen sangre pintada de sonrisas solidarias, de infamia alegre y solidaria.

El partido único celebraba los primeros veinticinco años de existencia de la República Árabe Saharaui Democrática. Desfile militar sorprendente en el alarde. Armamento ligero, pesado, misiles, soldados, mujeres, niños, agrupados en bloques de colores, desfilando, larga hilera interminable, en el polvo, en la nada...

Y el médico americano que curaba a sus pacientes vestido de payaso, el de verdad, vestido de payaso entre los niños al volver del desfile. Y un senador, americano también, por allí, rodeado de jerarcas satisfechos, acercaos a mí, pobres de este mundo, que yo os redimiré, aunque no pinte nada. Y los de la ONU, puestos por eso de la tregua con Marruecos, de acá para allá en sus toyotas blancos. Y los cubanos, padrecito en la lejanía. Y los libios. Y los argelinos. Y los vascos.

Y cientos de combatientes saharauis prisioneros en Marruecos. Y miles de combatientes marroquíes prisioneros en poder de los saharauis, desde hace muchos años, tantos, que ya son viejos sin dejar de ser cautivos. Los unos en busca de la utopía; los otros tras la sombra del rey moro.

Y al viento, destacando del polvo y del calor, como relámpagos, inundando los fondillos nebulosos de mi cámara y de otras, las ikurriñas celebrando su reencuentro, devolviendo favores olvidados por la historia, allá cuando moros y vascones hundían juntos sus puñales en la vieja España visigoda. O más allá aún, cuando romanos y moros y vascones hundían juntos sus puñales en la vieja Iberia prerromana.

Vascones y moros. Moros y vascones. Interesante pinza que no puede morder el oloroso e ibérico jamón que los separa. Eso sí, sin caer en la cuenta los vascones de que éstos no son los otros moros. Que ni siquiera son moros los azules.

Mi regreso tuvo aires de tristeza. Mis amigos allí quedaban, transformando la victoria inalcanzable en utopía; la victoria que estos torpes aun reclaman a sabiendas de que existe solamente como pasto de algarada en caseríos. Echando a España se perdieron para siempre. Y eso más pronto que tarde el rey moro se lo hará saber a todos. En ese momento, mis amigos quizá piensen que alguna explicación tendrán que dar a su pueblo, aunque no la pidan.

Gracias a la actitud política de los dirigentes saharianos y a la de algunos españoles a lo largo de los últimos treinta años, pronto el rey moro tendrá otros trescientos mil kilómetros cuadrados de territorio. Para su personal solaz y crecido anhelo histórico. Mientras, en la ribera del Ebro, o en los picudos montes alicantinos, el espíritu de la morería se revuelve histérico al ver que las cosas, aunque deprisa, no van tan rápido como quisieran.

Y gracias a la actitud política de los inventores de fábulas y de algunos españoles a lo largo de los últimos treinta años, el rey francés casi tiene ya unos cuantos miles de kilómetros cuadrados más para su solaz y su incuestionable derecho histórico. ¡Hasta es posible que esta vez acepte la oferta vascona!

Hoy no viajo a África. Ni subo a lomos del caballo de Mahoma; entro en él, de vez en cuando, a tomar una copa y escuchar música clásica acomodado en un sofá, confortable y cálido. Es un garito de Madrid que recomiendo.

Y al País Vasco viajo poco. Sólo de tránsito. Recorro España lamiendo a cada paso el aire que respiro, el aire libre que los padres de mis padres añoraron, el aire libre que barrió al fin tanto quebranto, desde que la memoria de esta tierra existe, y que empieza a ser memoria en mi memoria. Yo no viviré ya otra vida. En la que falte el aire. Y si he de morir por ésta, de acuerdo. Que así sea.

(Extracto de La chapela y el turbante, publicado en Con poco tiento, Huerga y Fierro Editores, Madrid, 2005)
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