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.Aposentado en la superioridad inculta que deriva del alma de chusquero, bien comido y escapando de la camisa en orgulloso y progresivo ascenso hacia los cielos coloniales, servido en sus miserias domésticas por gentes buenas al acecho del pan de cada día, mi buen colega, europeo y civilizado, experto en materias muy técnicas y muy modernas, echó en falta, una tarde, un transistor en su casa. Un vulgar aparato de radio a transistores de los que funcionan con pilas.
Inflamado más allá del desajuste propio y del sobrevenido de una comida desmesurada, y dado que a pesar de todo estábamos en el siglo veinte, incluso allí, no ejecutó a sus sirvientas, culpables inconfesas de tal vileza -dos jóvenes con el miedo anclado en el negro de las uñas- y se limitó, en gracioso alarde de generosidad, a conducirlas él mismo al cuartel de la policía.
De la policía militar, que no hay otra.
Cuando tuve noticia del hecho a través del relato nervioso de una compañera de las que, por decisión de este colega, ya eran criminales, sentí ganas de vomitar.
Las vejaciones de todo orden a que fueron sometidas, los palos, la normalidad con que esto ocurría, daba la medida exacta de la miseria moral y política enraizada a la sombra de los inmensos cajueiros que tanto me impresionaban, y que estaba en perfecta sintonía con la no menos mísera moral de ese colega mío que, como otros y yo mismo, representaba lo que debería ser un punto de referencia y de llegada para tanta gente, en teoría menos afortunada. Por cierto, el aparato de radio mo apareció.
Ésta y otras historias que fueron deslizándose durante las primeras semanas terminaron por aislarme del grupo más allá del riguroso horario de trabajo -en el que por fuerza había de estar con ellos- y de las contadas ocasiones en que mi ausencia podría significar algo más que falta de cortesía, afectando al equilibrio necesario en una situación de mutua dependencia, por el momento.
Por contra, y cada vez con más intensidad, el mundo exterior, el real, ése en el que jamás entraban ellos y que iba más allá de los colores y de la langosta preparada a la americana, fue creciendo en mí hasta hacerme una parte de él. Los ideales que tanto esfuerzo y tantos años me había costado conservar y no perder en la otra orilla alcanzaban su plenitud en ésta.
Consecuencia inevitable, el que la frontera entre el trabajo y el resto de la vida cada vez se hace más difusa y termina por desaparecer. Y todo cambia, claro. Los mismos actores en papeles y obra diferentes.
No es fácil habitar en el conflicto entre dos fidelidades. Y cuando aparece, dura poco. El conflicto dura poco. La elección se impone, siempre con dolor, y siempre también invierte la cualidad que daba forma a la opción rechazada. El respeto da paso al desprecio, la verdad a la mentira, la fidelidad a la traición. Y en ese punto, o guerra abierta en la que el débil muere, o retirada estratégica que le permita sobrevivir y hacerse fuerte.
Lo que ya es mucho más sutil es reconocer en cada caso quién es el débil y quién el fuerte.
Alma de chusquero de En el vientre de la araña, publicado en División de opiniones, Lobo Sapiens, León, 2001.
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