domingo, 27 de marzo de 2011

En el vientre de la araña (I). Hotel Iracema

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Cuando por fin el avión paró sus motores y la azafata de piernas brillantes y observadas durante las últimas siete horas abrió la puerta, al tiempo que el aire caliente y húmedo ocupaba la cabina comprendí que el viaje había terminado. Apreciación confusa y precipitada, probablemente consecuencia de casi un día de aeropuertos, vuelos con y sin escalas, olores extremos y, sobre todo, la excitación de un futuro inmediato conocido solamente en sus aspectos formales.

Era el día anterior al de Todos los Santos del año mil novecientos setenta y dos y desde la escalerilla del avión, bajando, sentía cómo atravesaba el tiempo, nadando el aire, a los sones del preludio del primer acto de La Traviata. Tal fue la sensación que, alineados en la barandilla superior de la terminal de Fortaleza, no veía a mis compañeros y sus familias haciendo señales al unísono para captar nuestra atención que, europeos pálidos y de grises vestimentas, éramos identificados en la distancia perfectamente. Verdi calló y, de hecho, el viaje no había hecho más que empezar.

Agradable balanceo de bienvenida al otro mundo, al nuevo y excitante mundo recreado en nuestras mentes de aventuras pasadas y de héroes. Bueno, justo al lado, en la parte que por decisión de reyes y guardianes de órdenes divinos le tocó en subasta a los vecinos: Brasil. Allí estaban las sonrisas y abrazos de Colera, de Pisón, de Arrigo Carloni y de otros, de sus mujeres, Carla, Sofía, de Airton Costa, nombres todos que serían referencias precisas de mis próximos tiempos y vivencias. Y muchos colores. Realmente son los colores quienes de forma más contundente marcan la diferencia entre los mundos. Verdes y amarillos frente a grises en cascada.

Arropados de este modo, recibidos, fuimos llevados a un hotel dejando para mañana las cuestiones de alojamiento definitivo e incorporación a mi trabajo. La noche inesperada -a las seis de la tarde- y el cansancio fueron causa justa de tan pronta retirada y fin de fiesta.

Para el viajero un hotel es siempre punto de llegada y, aunque sus condiciones se alejen de sus hábitos, siempre hay una cama que al final recoge su cansancio y le ayuda a reconocerse nuevamente. Lo demás es accesorio. Claro que, si lo demás se aleja demasiado, su carácter accesorio puede crecer en entidad de tal manera, que el viajero no tiene por menos que prestarle atención si quiere evitar situaciones complicadas. Incluso así, no siempre podrá evitarlas y se verá obligado a resolverlas.

Por otro lado, la falta de información siquiera aproximada respecto de un lugar, más si se trata de otro continente, también es un factor determinante de lo que inevitablemente ocurrirá. Porque una cosa es, por ejemplo, saber que el clima medio tropical implica lluvia, humedad, calor, y otra, bien diferente, que el agradable murmullo del vuelo nocturno de algunas aves, durante el duermevela, sea realmente el revoloteo de hermosas y doradas cucarachas a escasos centímetros de tu nariz.

El adquirir ese conocimiento así, en vivo, implica saltar de la cama en la que hasta ese momento, y desde hacía bien poco, tu cuerpo desnudo y sin la pesada carga de las húmedas sábanas descansaba, y comenzar una alterada cacería, difícil -no es lo mismo pisar una cucaracha que cazarla al vuelo- para terminar de nuevo en la cama, pero esta vez tapado hasta los ojos, sudando, y sin el consuelo de haber eliminado el problema. ¡No hay cristales en las ventanas!

Comprendo que el episodio de las cucarachas, contado a mis compañeros días más tarde, les pareciera cosa de risa. A mí no. Aprendí que las cucarachas volaban y eso, durante meses, impidió que pudiera gozar en muchas ocasiones de la más ligera brisa nocturna.

La noche continuó en su oscuridad húmeda y nueva con tal lentitud que multiplicaba las sensaciones, los ruidos ligeros se convertían en amenazantes acechos de extrañas criaturas, las sombras escondían miedos irracionales y hasta se movían con vida propia por la habitación.

¡Se movían! El sudor que me envolvía tornó repentinamente en cobertura helada, dejando mi cuerpo vacío de energía, inmóvil, en la duda del sueño, mientras mis ojos entornados reconocían formas en las sombras que se hacían reales. Sombras que recorrían lentamente la habitación, deteniéndose, en tiempos que parecían eternos. La puerta se abrió despacio y al cerrarse nuevamente comencé a sentir calor y que mi cuerpo reaccionaba.

Despierto, encendí la luz. Nadie. Inquieto y algo eufórico, quizá por estar viviendo la secuencia siguiente a la que podría haber sido la última, calcé los pantalones y bajé precipitadamente a recepción. La tranquilidad de los dos hombres, mayores, uno de ellos negro, contrastaba con mis gestos y explicaciones cargadas de excitación. Mi sombra había sido un hombre negro, vigilante nocturno del hotel, que en su ronda había incluido mi habitación ignorando que estaba ocupada.

De vuelta, mi cama por fin recuperó su sentido y descansé plácidamente. Mañana conocería el alojamiento que me habían buscado mis compañeros para los próximos meses.

Hotel Iracema de En el vientre de la araña, publicado en División de opiniones, Lobo Sapiens, León, 2001.
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