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.Desde muy joven reconozco que Rusia siempre me ha fascinado. En mi adolescencia y no sólo entonces la literatura rusa del siglo XIX y principios del XX llenó muchas de mis horas y alimentó con un deje de tristeza el espíritu inquieto y soñador que ni siquiera la fuerza de los hechos y de los años ha conseguido enterrar.
Esa mezcla de miseria y brutalidad, junto al ansia de pureza y libertad que durante siglos ha rezumado por los poros del pueblo ruso, de los miserables y de los privilegiados, tan inseparables que no se entendería a los unos sin los otros, sigue hoy presente en la mirada de las gentes que, en esa frontera extraña entre oriente y occidente, cada día más desdibujada, buscan en su pasado respuestas imposibles.
San Petersburgo, más que ninguna otra obra del pueblo ruso, resume su tragedia secular y pinta desde las orillas del Neva el cuadro magnífico del enigma humano. Nacida del sueño y de la ambición de un solo hombre, cimentada en los miles de muertos sepultados de forma inmisericorde en la ciénaga, deslumbra con su grandeza aglutinadora de sueños y de historias, de risas y de llantos en luminosos palacios y lóbregas mazmorras, de delicados amores y gentiles inclinaciones a la espalda de horrendas mutilaciones y ejecuciones.
Mi viaje a San Petersburgo lo preparé con cuidado, como los que van a La Meca o a Tierra Santa. Ese papeleo absurdo, los billetes de avión bien cerrados de la ida y de la vuelta, mis pocas nociones de ruso refrescadas y Mijail Gorvachov cada día en la pantalla...
Llegó el día de partir y cualquier minucia, que no recuerdo, impidió que me marchara. Han pasado muchos años y aún conservo, en parecido estante y el mismo sobre alargado, los pasajes. Como una invitación de boda caducada.
Sí: nunca estuve en San Petersburgo. Ni tan cerca.
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