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.Cuando se camina por el surco de siempre que otros han trazado y se es consciente, casi todo lo que hace uno está envuelto, de forma más o menos perceptible para quien observa o simplemente está cerca, de matices que en el fondo son soflamas de rebelión y deseo permanente de abandonar el surco, de pequeñas luchas continuas y ciertamente cobardes, mientras se carece del valor necesario, inmenso cuanto más grato es el caminar, para hacerlo realmente.
Así, el nombre de los hijos. De mis hijos. Al primero le cayó el mío como el agua resbalada de la concha inevitable y aún lo lleva.
Pero en el vientre de esta gran araña, en esta tierra en que los pulpos en el agua no huyen de ti -se agarran a tus piernas apagando tus miedos con sus besos- hasta los nombres pueden jugar a ser más que nombres heredados. Y en el tuyo, Mauricio Javier Guido, segundo de mis hijos que el destino te ha hecho nacer aquí, la pequeña lucha está en el número -en la otra orilla no podía crecer de dos- que permite cobijar a tercios amistad profunda, sangre heredada y fantasía.
Fueron dos, Mauricio del Castillo Jaén y Mauricio Javier Calvo Valdivieso, el origen de un tercio de tu nombre. No sé de ellos hoy. Sólo queda su evocación en ti. Javier Navas Astiguieta, tu abuelo materno, en el tiempo en que esto escribo, permanece soñanso su vida cerca de vosotros, cerca de los suyos. Guido da Guarda continúa, a la sombra de los castillos templarios que salpican la vieja España, en vigilia como buen maestre, no vaya a ser que vuelvan los de Alá.
Lamentablemente el neonato no cuenta en esa hora de la etiqueta y, en este caso, tú tampoco. Por ello me apresuro a disculparme y a lamentar yo también, los desajustes que pueda haberte causado en tu tiempo de ivanes y vanesas tu triado nombre que tanto me gusta, y que fue un eslabón más en mi salida del surco.
Mauricio Javier Guido de En el vientre de la araña, publicado en División de opiniones, Lobo Sapiens, León, 2001.
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