domingo, 27 de marzo de 2011

En el vientre de la araña (III): Antonia

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Esta mañana Antonia tiene mala cara. Antonia es pequeña. Sus facciones son orientales y más parece vietnamita que brasileña. Pero habla poco y es difícil saber qué es lo que le pasa. Debe tener treinta y tantos años y desde que empezó a trabajar en casa, en que su silencio era absoluto, se ha ido abriendo poco a poco hasta conocer que tiene tres hijas, un marido que ya no está, aunque a veces -una al año, o cada dos- aparece, y poco más.

Pero hoy es diferente, y cuando le insistimos, entre llantos dice que sus hijas están enfermas, ella también, y no sabe qué hacer. Que tienen fiebre, mucha fiebre, repite, y qué pena que se le van a morir. Con un fondo de serenidad que asombra y ante el que cuesta reaccionar.

Lo que procede es ir por ellas y llevarlas al médico. En la combi del grupo, una furgoneta Volkswagen de color azul que utilizamos para trasladarnos al escritorio -la oficina- y de la que somos responsables cada uno de nosotros por turnos semanales, Antonia, casi a rastras -no comprendía cómo podíamos hacer tal cosa, nosotros, los ricos, los amos, a su casa- me va dirigiendo hacia las afueras de Fortaleza.

Entramos en su casa. Estoy seguro de que fue aquí donde aprendí muchas cosas que, después, a lo largo del tiempo, han condicionado mi actitud en relación con diferentes aspectos de mi propio mundo. Conocía el desamparo y la injusticia social desde bastantes años antes. Mis andanzas por el Madrid de los cerros cumpliendo con mi papel de estudiante progresista en chabolas de lata y de uralita, de suelos de linolium a cuadritos, televisión, luz eléctrica y curas obreros prestando auxilio de pana y de marxismo, de catecismo y de fabada. Pero esto era otra historia.

No había nada. La luz desbaratada que se colaba por los tablones de la puerta cortando el aire irrespirable, espeso de toses y de humo. Sin ventanas. El suelo de tierra, oscuro, de cuatro pasos por cuatro pasos, vacío de todo, con sospechosos montículos en uno de los lados, algún barreño, algo que parece agua, y en una esquina arropado de piedras, el hogar: latas vacías, repeinados los bordes, menaje reciclado de los botes de conservas que se consumen en mi casa y que vuelven así, uno a uno, del cubo de la basura, sin saberlo, para mi sonrojo, a sostener la sopa que se beben.

Y el espacio lleno. Cruzándolo, de pared a pared, no sé cómo, sujetas de clavos, las redes cuelgan y llenan todo. Y en las redes las niñas. Bultos colgados esperando mientras su madre limpia la mierda ajena a cambio de casi nada. Y el cálido olor de la miseria injusta te zarandea.

Volvemos a Fortaleza con las niñas temblando de fiebre buscando un médico, una clínica, algo, y lo encontramos rápido. De la negativa inicial del personal médico a atendernos, la bronca consiguiente, inyecciones, malos modos y, sobre todo, la falta de conciencia general, sólo queda ya el borroso recuerdo de unos ojos asustados que nada comprendían.

Dios sabe qué habrá sido de ellas.

Antonia de En el vientre de la araña, publicado en División de opiniones, Lobo Sapiens, León, 2001.
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