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.Exactamente siete meses y trece días después de mi llegada, el doce de junio de mil novecientos setenta y tres, a las seis y media de la mañana, el coche de Carla flotaba solitario por la carretera ondulada y gris camino del aeropuerto de Fortaleza.
Carla, en su soledad histérica y de forma inesperada, se había ofrecido a llevarme el día anterior, cuando subí a su apartamento a despedirme para siempre, y yo acepté. No recuerdo si estaba Arrigo, su marido, presente. Probablemente aunque así hubiera sido no habrían cambiado las cosas. Hacía tiempo que realmente no estaba. Arrigo Carloni. Italia eterna en sus cabellos blancos y su pasado silencioso.
El abrazo de Carla me dejó con mis maletas recorriendo los últimos metros hacia la terminal, en pasos que me parecíeron irreales. En el interior, al pisar el suelo brillante y recién lavado, con una rotundidad que todavía hoy me sorprende, percibí que muchas cosas quedaban atrás y para siempre. Me costaba respirar, tal era el agujero que me engullía y hacía llorar sin que las lágrimas se vieran.
Mientras entregaba mis papeles en un mostrador, disfrazado ya de viajero, la ruidosa palmada en mi espalda y las muestras de afecto que siguieron me hicieron volver a la realidad dejada. Allí estaban Antonio Roosevelt y Francisco Guilherme Vasconcellos Alves. Mis amigos.
Todo volvía a cobrar sentido y los siete meses vividos en la intensidad de las batallas perdidas ahora sí dejarían el rastro necesario que el recuerdo precisa para ser cierto. Antonio y Guilherme. Entre ellos no se entendían pero fueron juntos. O se encontraron allí. En aquellas fechas Antonio dependía de Guilherme y no lo aceptaba bien. Con el tiempo, Antonio se haría con el poder y Guilherme se vería apartado a un rincón administrativo hasta que, harto de la situación, se retiró de forma voluntaria algunos años después. Guilherme pagó en cierto modo el haber hecho cuerpo conmigo en la defensa de intereses que distaban mucho de los que, por nuestra posición en las organizaciones a las que pertenecíamos, hubiera sido lógico, con la lógica de otros, defender.
Pero allí estaban.
La panza del avión, mientras subía, reflejando veloz la verde geografía urdida allá abajo y sólo frenada por el mar, también verde, semejaba un arca grande, mi arca, llena de vida. No ya parejas, miles de sonidos con las voces a coro de Gal Costa y de Vinicius, de pasiones y miserias junto a Gabriela, su clavo y su canela, gracias Jorge Amado, de Antonios y Guilhermes, de más miserias luchando por no serlo, de orgullo, de mi orgullo crecido, multiplicado hasta lo más alto.
Esta vez el camino es más corto. Parece más corto. Recife es la única escala en esta tierra. Recife. Los suburbios. Pina. De donde parte el camino hacia las arañas como manos. Pronto queda lejos. Allá abajo. Después del sueño, Lisboa. Ya he llegado. Casi.
Fin de trayecto de En el vientre de la araña, publicado en División de opiniones, Lobo Sapiens, León, 2001.
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