domingo, 3 de abril de 2011

En el vientre de la araña (VI): Fin de trayecto

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Exactamente siete meses y trece días después de mi llegada, el doce de junio de mil novecientos setenta y tres, a las seis y media de la mañana, el coche de Carla flotaba solitario por la carretera ondulada y gris camino del aeropuerto de Fortaleza.

Carla, en su soledad histérica y de forma inesperada, se había ofrecido a llevarme el día anterior, cuando subí a su apartamento a despedirme para siempre, y yo acepté. No recuerdo si estaba Arrigo, su marido, presente. Probablemente aunque así hubiera sido no habrían cambiado las cosas. Hacía tiempo que realmente no estaba. Arrigo Carloni. Italia eterna en sus cabellos blancos y su pasado silencioso.

El abrazo de Carla me dejó con mis maletas recorriendo los últimos metros hacia la terminal, en pasos que me parecíeron irreales. En el interior, al pisar el suelo brillante y recién lavado, con una rotundidad que todavía hoy me sorprende, percibí que muchas cosas quedaban atrás y para siempre. Me costaba respirar, tal era el agujero que me engullía y hacía llorar sin que las lágrimas se vieran.

Mientras entregaba mis papeles en un mostrador, disfrazado ya de viajero, la ruidosa palmada en mi espalda y las muestras de afecto que siguieron me hicieron volver a la realidad dejada. Allí estaban Antonio Roosevelt y Francisco Guilherme Vasconcellos Alves. Mis amigos.

Todo volvía a cobrar sentido y los siete meses vividos en la intensidad de las batallas perdidas ahora sí dejarían el rastro necesario que el recuerdo precisa para ser cierto. Antonio y Guilherme. Entre ellos no se entendían pero fueron juntos. O se encontraron allí. En aquellas fechas Antonio dependía de Guilherme y no lo aceptaba bien. Con el tiempo, Antonio se haría con el poder  y Guilherme se vería apartado a un rincón administrativo hasta que, harto de la situación, se retiró de forma voluntaria algunos años después. Guilherme pagó en cierto modo el haber hecho cuerpo conmigo en la defensa de intereses que distaban mucho de los que, por nuestra posición en las organizaciones a las que pertenecíamos, hubiera sido lógico, con la lógica de otros, defender.

Pero allí estaban.

La panza del avión, mientras subía, reflejando veloz la verde geografía urdida allá abajo y sólo frenada por el mar, también verde, semejaba un arca grande, mi arca, llena de vida. No ya parejas, miles de sonidos con las voces a coro de Gal Costa y de Vinicius, de pasiones y miserias junto a Gabriela, su clavo y su canela, gracias Jorge Amado, de Antonios y Guilhermes, de más miserias luchando por no serlo, de orgullo, de mi orgullo crecido, multiplicado hasta lo más alto.

Esta vez el camino es más corto. Parece más corto. Recife es la única escala en esta tierra. Recife. Los suburbios. Pina. De donde parte el camino hacia las arañas como manos. Pronto queda lejos. Allá abajo. Después del sueño, Lisboa. Ya he llegado. Casi.

Fin de trayecto de En el vientre de la araña, publicado en División de opiniones, Lobo Sapiens, León, 2001.
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domingo, 27 de marzo de 2011

En el vientre de la araña (V): Mauricio Javier Guido

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Cuando se camina por el surco de siempre que otros han trazado y se es consciente, casi todo lo que hace uno está envuelto, de forma más o menos perceptible para quien observa o simplemente está cerca, de matices que en el fondo son soflamas de rebelión y deseo permanente de abandonar el surco, de pequeñas luchas continuas y ciertamente cobardes, mientras se carece del valor necesario, inmenso cuanto más grato es el caminar, para hacerlo realmente.

Así, el nombre de los hijos. De mis hijos. Al primero le cayó el mío como el agua resbalada de la concha inevitable y aún lo lleva.

Pero en el vientre de esta gran araña, en esta tierra en que los pulpos en el agua no huyen de ti -se agarran a tus piernas apagando tus miedos con sus besos- hasta los nombres pueden jugar a ser más que nombres heredados. Y en el tuyo, Mauricio Javier Guido, segundo de mis hijos que el destino te ha hecho nacer aquí, la pequeña lucha está en el número -en la otra orilla no podía crecer de dos- que permite cobijar a tercios amistad profunda, sangre heredada y fantasía.

Fueron dos, Mauricio del Castillo Jaén y Mauricio Javier Calvo Valdivieso, el origen de un tercio de tu nombre. No sé de ellos hoy. Sólo queda su evocación en ti. Javier Navas Astiguieta, tu abuelo materno, en el tiempo en que esto escribo, permanece soñanso su vida cerca de vosotros, cerca de los suyos. Guido da Guarda continúa, a la sombra de los castillos templarios que salpican la vieja España, en vigilia como buen maestre, no vaya a ser que vuelvan los de Alá.

Lamentablemente el neonato no cuenta en esa hora de la etiqueta y, en este caso, tú tampoco. Por ello me apresuro a disculparme y a lamentar yo también, los desajustes que pueda haberte causado en tu tiempo de ivanes y vanesas tu triado nombre que tanto me gusta, y que fue un eslabón más en mi salida del surco.

Mauricio Javier Guido de En el vientre de la araña, publicado en División de opiniones, Lobo Sapiens, León, 2001.
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En el vientre de la araña (IV): Nostalgia del chorizo

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Comprendo que la reflexión que sigue puede parecer algo miserable. Pero aquí está. Los simples acordes de una guitarra española, la fortuita aparición de unas imágenes en la televisión, o el pensamiento que vuela una y otra vez en las horas de soledad, buscando, reconociendo las cosas y las gentes que no están, son pellizcos que encogen el alma de los que estamos lejos. Nostalgia purísima de lo que somos, a pesar nuestro.

Uno, sin demasiada consciencia, se va rodeando en lo cotidiano de pequeñas cosas que, en lo tocante a la comida, fiesta mayor al encontrar aceite de oliva o pan blanco al estilo de Castilla, pimentón, ajos, comino o hierbabuena y eso, unas veces más que otras, es un bálsamo más santo que su propia mano. Que la del santo, vamos.

Cuando los padres de mi mujer, en aventura única y sorprendente, empujados formalmente por el nacimiento de uno de sus nietos, aparecieron en Fortaleza, vaciaron su experiencia en atropellado relato haciendo al tiempo lo propio con sus maletas. ¡Y allí estaban!

Dos latas del tamaño de un palmo y gruesas como el puño. Las cubiertas semejaban el interior y mostraban, apretados, rojos, brillantes, pletóricos, increíblemente reales, un mundo entero de chorizos asturianos. Había más cosas. Pero no me acuerdo.

Hasta aquí la nostalgia. Poco imaginaba, a la vista del espectáculo, que esa misma noche se me iban a atragantar, en la sobremesa tardía, después de los postres de papaya y melón japonés. Con la ventaja que proporciona el ver las cosas en la distancia, digo hoy también que poco imaginaba esa noche las consecuencias que habrían de derivarse de tan infausta cena.

En la cordial velada, animada por la proximidad de seres queridos, por la transmisión de afectos que representaban y que traían consigo, y casi al ritmo lento en que apacere la euforia ayudada de aromas, de vinos, de sabores próximos y lejanos en combinación serena, en la cordial velada, digo, se fueron deslizando cariñosas protestas por nuestra marcha de España. Yo a mi vez exponía lo fantástico y enriquecedor de la experiencia, abundando en las posibilidades de toda índole que se nos ofrecían, con la convicción de los elegidos y sin la más mínima duda.

El momento exacto no lo sé. Pero fue un momento exacto. A partir de él, las protestas cariñosas se evaporaron junto al clima cordial de la velada, y vinieron a ser el vapuleo de los sueños y la exigencia del retorno inmediato, fin último y prontamente expuesto de su visita.

Puedo asegurar, con poco margen de error, que fue la última conversación que mantuvimos la madre de mi mujer y yo. Tal es el abismo que se abrió entonces entre nosotros. De Javier, su padre, magnífico superviviente, recuerdo su respetuoso silencio y, supongo, su tragedia interior.

Nostalgia del chorizo de En el vientre de la araña, publicado en División de opiniones, Lobo Sapiens, León, 2001.
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En el vientre de la araña (III): Antonia

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Esta mañana Antonia tiene mala cara. Antonia es pequeña. Sus facciones son orientales y más parece vietnamita que brasileña. Pero habla poco y es difícil saber qué es lo que le pasa. Debe tener treinta y tantos años y desde que empezó a trabajar en casa, en que su silencio era absoluto, se ha ido abriendo poco a poco hasta conocer que tiene tres hijas, un marido que ya no está, aunque a veces -una al año, o cada dos- aparece, y poco más.

Pero hoy es diferente, y cuando le insistimos, entre llantos dice que sus hijas están enfermas, ella también, y no sabe qué hacer. Que tienen fiebre, mucha fiebre, repite, y qué pena que se le van a morir. Con un fondo de serenidad que asombra y ante el que cuesta reaccionar.

Lo que procede es ir por ellas y llevarlas al médico. En la combi del grupo, una furgoneta Volkswagen de color azul que utilizamos para trasladarnos al escritorio -la oficina- y de la que somos responsables cada uno de nosotros por turnos semanales, Antonia, casi a rastras -no comprendía cómo podíamos hacer tal cosa, nosotros, los ricos, los amos, a su casa- me va dirigiendo hacia las afueras de Fortaleza.

Entramos en su casa. Estoy seguro de que fue aquí donde aprendí muchas cosas que, después, a lo largo del tiempo, han condicionado mi actitud en relación con diferentes aspectos de mi propio mundo. Conocía el desamparo y la injusticia social desde bastantes años antes. Mis andanzas por el Madrid de los cerros cumpliendo con mi papel de estudiante progresista en chabolas de lata y de uralita, de suelos de linolium a cuadritos, televisión, luz eléctrica y curas obreros prestando auxilio de pana y de marxismo, de catecismo y de fabada. Pero esto era otra historia.

No había nada. La luz desbaratada que se colaba por los tablones de la puerta cortando el aire irrespirable, espeso de toses y de humo. Sin ventanas. El suelo de tierra, oscuro, de cuatro pasos por cuatro pasos, vacío de todo, con sospechosos montículos en uno de los lados, algún barreño, algo que parece agua, y en una esquina arropado de piedras, el hogar: latas vacías, repeinados los bordes, menaje reciclado de los botes de conservas que se consumen en mi casa y que vuelven así, uno a uno, del cubo de la basura, sin saberlo, para mi sonrojo, a sostener la sopa que se beben.

Y el espacio lleno. Cruzándolo, de pared a pared, no sé cómo, sujetas de clavos, las redes cuelgan y llenan todo. Y en las redes las niñas. Bultos colgados esperando mientras su madre limpia la mierda ajena a cambio de casi nada. Y el cálido olor de la miseria injusta te zarandea.

Volvemos a Fortaleza con las niñas temblando de fiebre buscando un médico, una clínica, algo, y lo encontramos rápido. De la negativa inicial del personal médico a atendernos, la bronca consiguiente, inyecciones, malos modos y, sobre todo, la falta de conciencia general, sólo queda ya el borroso recuerdo de unos ojos asustados que nada comprendían.

Dios sabe qué habrá sido de ellas.

Antonia de En el vientre de la araña, publicado en División de opiniones, Lobo Sapiens, León, 2001.
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En el vientre de la araña (II): Alma de chusquero

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Aposentado en la superioridad inculta que deriva del alma de chusquero, bien comido y escapando de la camisa en orgulloso y progresivo ascenso hacia los cielos coloniales, servido en sus miserias domésticas por gentes buenas al acecho del pan de cada día, mi buen colega, europeo y civilizado, experto en materias muy técnicas y muy modernas, echó en falta, una tarde, un transistor en su casa. Un vulgar aparato de radio a transistores de los que funcionan con pilas.

Inflamado más allá del desajuste propio y del sobrevenido de una comida desmesurada, y dado que a pesar de todo estábamos en el siglo veinte, incluso allí, no ejecutó a sus sirvientas, culpables inconfesas de tal vileza -dos jóvenes con el miedo anclado en el negro de las uñas- y se limitó, en gracioso alarde de generosidad, a conducirlas él mismo al cuartel de la policía.

De la policía militar, que no hay otra.

Cuando tuve noticia del hecho a través del relato nervioso de una compañera de las que, por decisión de este colega, ya eran criminales, sentí ganas de vomitar.

Las vejaciones de todo orden a que fueron sometidas, los palos, la normalidad con que esto ocurría, daba la medida exacta de la miseria moral y política enraizada a la sombra de los inmensos cajueiros que tanto me impresionaban, y que estaba en perfecta sintonía con la no menos mísera moral de ese colega mío que, como otros y yo mismo, representaba lo que debería ser un punto de referencia y de llegada para tanta gente, en teoría menos afortunada. Por cierto, el aparato de radio mo apareció.

Ésta y otras historias que fueron deslizándose durante las primeras semanas terminaron por aislarme del grupo más allá del riguroso horario de trabajo -en el que por fuerza había de estar con ellos- y de las contadas ocasiones en que mi ausencia podría significar algo más que falta de cortesía, afectando al equilibrio necesario en una situación de mutua dependencia, por el momento.

Por contra, y cada vez con más intensidad, el mundo exterior, el real, ése en el que jamás entraban ellos y que iba más allá de los colores y de la langosta preparada a la americana, fue creciendo en mí hasta hacerme una parte de él. Los ideales que tanto esfuerzo y tantos años me había costado conservar y no perder en la otra orilla alcanzaban su plenitud en ésta.

Consecuencia inevitable, el que la frontera entre el trabajo y el resto de la vida cada vez se hace más difusa y termina por desaparecer. Y todo cambia, claro. Los mismos actores en papeles y obra diferentes.

No es fácil habitar en el conflicto entre dos fidelidades. Y cuando aparece, dura poco. El conflicto dura poco. La elección se impone, siempre con dolor, y siempre también invierte la cualidad que daba forma a la opción rechazada. El respeto da paso al desprecio, la verdad a la mentira, la fidelidad a la traición. Y en ese punto, o guerra abierta en la que el débil muere, o retirada estratégica que le permita sobrevivir y hacerse fuerte.

Lo que ya es mucho más sutil es reconocer en cada caso quién es el débil y quién el fuerte.

Alma de chusquero de En el vientre de la araña, publicado en División de opiniones, Lobo Sapiens, León, 2001.
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En el vientre de la araña (I). Hotel Iracema

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Cuando por fin el avión paró sus motores y la azafata de piernas brillantes y observadas durante las últimas siete horas abrió la puerta, al tiempo que el aire caliente y húmedo ocupaba la cabina comprendí que el viaje había terminado. Apreciación confusa y precipitada, probablemente consecuencia de casi un día de aeropuertos, vuelos con y sin escalas, olores extremos y, sobre todo, la excitación de un futuro inmediato conocido solamente en sus aspectos formales.

Era el día anterior al de Todos los Santos del año mil novecientos setenta y dos y desde la escalerilla del avión, bajando, sentía cómo atravesaba el tiempo, nadando el aire, a los sones del preludio del primer acto de La Traviata. Tal fue la sensación que, alineados en la barandilla superior de la terminal de Fortaleza, no veía a mis compañeros y sus familias haciendo señales al unísono para captar nuestra atención que, europeos pálidos y de grises vestimentas, éramos identificados en la distancia perfectamente. Verdi calló y, de hecho, el viaje no había hecho más que empezar.

Agradable balanceo de bienvenida al otro mundo, al nuevo y excitante mundo recreado en nuestras mentes de aventuras pasadas y de héroes. Bueno, justo al lado, en la parte que por decisión de reyes y guardianes de órdenes divinos le tocó en subasta a los vecinos: Brasil. Allí estaban las sonrisas y abrazos de Colera, de Pisón, de Arrigo Carloni y de otros, de sus mujeres, Carla, Sofía, de Airton Costa, nombres todos que serían referencias precisas de mis próximos tiempos y vivencias. Y muchos colores. Realmente son los colores quienes de forma más contundente marcan la diferencia entre los mundos. Verdes y amarillos frente a grises en cascada.

Arropados de este modo, recibidos, fuimos llevados a un hotel dejando para mañana las cuestiones de alojamiento definitivo e incorporación a mi trabajo. La noche inesperada -a las seis de la tarde- y el cansancio fueron causa justa de tan pronta retirada y fin de fiesta.

Para el viajero un hotel es siempre punto de llegada y, aunque sus condiciones se alejen de sus hábitos, siempre hay una cama que al final recoge su cansancio y le ayuda a reconocerse nuevamente. Lo demás es accesorio. Claro que, si lo demás se aleja demasiado, su carácter accesorio puede crecer en entidad de tal manera, que el viajero no tiene por menos que prestarle atención si quiere evitar situaciones complicadas. Incluso así, no siempre podrá evitarlas y se verá obligado a resolverlas.

Por otro lado, la falta de información siquiera aproximada respecto de un lugar, más si se trata de otro continente, también es un factor determinante de lo que inevitablemente ocurrirá. Porque una cosa es, por ejemplo, saber que el clima medio tropical implica lluvia, humedad, calor, y otra, bien diferente, que el agradable murmullo del vuelo nocturno de algunas aves, durante el duermevela, sea realmente el revoloteo de hermosas y doradas cucarachas a escasos centímetros de tu nariz.

El adquirir ese conocimiento así, en vivo, implica saltar de la cama en la que hasta ese momento, y desde hacía bien poco, tu cuerpo desnudo y sin la pesada carga de las húmedas sábanas descansaba, y comenzar una alterada cacería, difícil -no es lo mismo pisar una cucaracha que cazarla al vuelo- para terminar de nuevo en la cama, pero esta vez tapado hasta los ojos, sudando, y sin el consuelo de haber eliminado el problema. ¡No hay cristales en las ventanas!

Comprendo que el episodio de las cucarachas, contado a mis compañeros días más tarde, les pareciera cosa de risa. A mí no. Aprendí que las cucarachas volaban y eso, durante meses, impidió que pudiera gozar en muchas ocasiones de la más ligera brisa nocturna.

La noche continuó en su oscuridad húmeda y nueva con tal lentitud que multiplicaba las sensaciones, los ruidos ligeros se convertían en amenazantes acechos de extrañas criaturas, las sombras escondían miedos irracionales y hasta se movían con vida propia por la habitación.

¡Se movían! El sudor que me envolvía tornó repentinamente en cobertura helada, dejando mi cuerpo vacío de energía, inmóvil, en la duda del sueño, mientras mis ojos entornados reconocían formas en las sombras que se hacían reales. Sombras que recorrían lentamente la habitación, deteniéndose, en tiempos que parecían eternos. La puerta se abrió despacio y al cerrarse nuevamente comencé a sentir calor y que mi cuerpo reaccionaba.

Despierto, encendí la luz. Nadie. Inquieto y algo eufórico, quizá por estar viviendo la secuencia siguiente a la que podría haber sido la última, calcé los pantalones y bajé precipitadamente a recepción. La tranquilidad de los dos hombres, mayores, uno de ellos negro, contrastaba con mis gestos y explicaciones cargadas de excitación. Mi sombra había sido un hombre negro, vigilante nocturno del hotel, que en su ronda había incluido mi habitación ignorando que estaba ocupada.

De vuelta, mi cama por fin recuperó su sentido y descansé plácidamente. Mañana conocería el alojamiento que me habían buscado mis compañeros para los próximos meses.

Hotel Iracema de En el vientre de la araña, publicado en División de opiniones, Lobo Sapiens, León, 2001.
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viernes, 25 de marzo de 2011

La chapela y el turbante

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Los niños del Sáhara en el año 2000. Fotografía del autor
La última vez que estuve en África fue en el año dos mil. Treinta y nueve años después de la primera. Muchas miles de horas de reflexión después. De idas y venidas por el mundo propio y el ajeno. De la utopía al burdel y del desprecio a la admiración y al éxtasis. De herencia lentamente asumida ayudado por los clásicos –mi Venus de alabastro, Herodoto y tantos–.

Desde Madrid a Tindouf, no en línea recta, evitando Marruecos en un avión argelino. Percibiendo el odio cultivado por los franceses en los ojos absolutamente negros de la azafata argelina. Tres horas y media y, después, la nada oscura en los cristales sucios de los autobuses vascos y desvencijados. El polvo y la noche. Confundidos en el desierto.

Al llegar, el frío y más oscuridad. Retorno al pasado de las frías estaciones de tren, de madrugada, bultos en los andenes esperando amanecer, camino de los pinares de Soria, donde se alcanzaban las estrellas, en escuadras, y centurias, y los brazos alzados, y el infantil corazón perplejo, sorprendido... a la vez que los testículos del arengador –subido en una mesa, en un claro entre los pinos– cuelgan y se asoman por la pernera corta desluciendo la arenga, estrellando el imperio azul y de cartón en las risas escondidas de los niños.

Liturgia. Banderas. Símbolos. Algunos emocionan, unen, arrancan sonrisas satisfechas, reparan y llenan estragos y vacíos profundísimos causados por la búsqueda de orígenes, de sinceras respuestas, lógicas y razonables, que den sentido a la sinrazón enorme del andar por este mundo, tan inquietante y absurdo. Pero otros no. Hay otras banderas, otros símbolos, que tienen el odio prendido en sus colores, que son puñal y bofetada atrapados en sus trapos, y que al ondear esparcen sangre pintada de sonrisas solidarias, de infamia alegre y solidaria.

El partido único celebraba los primeros veinticinco años de existencia de la República Árabe Saharaui Democrática. Desfile militar sorprendente en el alarde. Armamento ligero, pesado, misiles, soldados, mujeres, niños, agrupados en bloques de colores, desfilando, larga hilera interminable, en el polvo, en la nada...

Y el médico americano que curaba a sus pacientes vestido de payaso, el de verdad, vestido de payaso entre los niños al volver del desfile. Y un senador, americano también, por allí, rodeado de jerarcas satisfechos, acercaos a mí, pobres de este mundo, que yo os redimiré, aunque no pinte nada. Y los de la ONU, puestos por eso de la tregua con Marruecos, de acá para allá en sus toyotas blancos. Y los cubanos, padrecito en la lejanía. Y los libios. Y los argelinos. Y los vascos.

Y cientos de combatientes saharauis prisioneros en Marruecos. Y miles de combatientes marroquíes prisioneros en poder de los saharauis, desde hace muchos años, tantos, que ya son viejos sin dejar de ser cautivos. Los unos en busca de la utopía; los otros tras la sombra del rey moro.

Y al viento, destacando del polvo y del calor, como relámpagos, inundando los fondillos nebulosos de mi cámara y de otras, las ikurriñas celebrando su reencuentro, devolviendo favores olvidados por la historia, allá cuando moros y vascones hundían juntos sus puñales en la vieja España visigoda. O más allá aún, cuando romanos y moros y vascones hundían juntos sus puñales en la vieja Iberia prerromana.

Vascones y moros. Moros y vascones. Interesante pinza que no puede morder el oloroso e ibérico jamón que los separa. Eso sí, sin caer en la cuenta los vascones de que éstos no son los otros moros. Que ni siquiera son moros los azules.

Mi regreso tuvo aires de tristeza. Mis amigos allí quedaban, transformando la victoria inalcanzable en utopía; la victoria que estos torpes aun reclaman a sabiendas de que existe solamente como pasto de algarada en caseríos. Echando a España se perdieron para siempre. Y eso más pronto que tarde el rey moro se lo hará saber a todos. En ese momento, mis amigos quizá piensen que alguna explicación tendrán que dar a su pueblo, aunque no la pidan.

Gracias a la actitud política de los dirigentes saharianos y a la de algunos españoles a lo largo de los últimos treinta años, pronto el rey moro tendrá otros trescientos mil kilómetros cuadrados de territorio. Para su personal solaz y crecido anhelo histórico. Mientras, en la ribera del Ebro, o en los picudos montes alicantinos, el espíritu de la morería se revuelve histérico al ver que las cosas, aunque deprisa, no van tan rápido como quisieran.

Y gracias a la actitud política de los inventores de fábulas y de algunos españoles a lo largo de los últimos treinta años, el rey francés casi tiene ya unos cuantos miles de kilómetros cuadrados más para su solaz y su incuestionable derecho histórico. ¡Hasta es posible que esta vez acepte la oferta vascona!

Hoy no viajo a África. Ni subo a lomos del caballo de Mahoma; entro en él, de vez en cuando, a tomar una copa y escuchar música clásica acomodado en un sofá, confortable y cálido. Es un garito de Madrid que recomiendo.

Y al País Vasco viajo poco. Sólo de tránsito. Recorro España lamiendo a cada paso el aire que respiro, el aire libre que los padres de mis padres añoraron, el aire libre que barrió al fin tanto quebranto, desde que la memoria de esta tierra existe, y que empieza a ser memoria en mi memoria. Yo no viviré ya otra vida. En la que falte el aire. Y si he de morir por ésta, de acuerdo. Que así sea.

(Extracto de La chapela y el turbante, publicado en Con poco tiento, Huerga y Fierro Editores, Madrid, 2005)
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