domingo, 27 de marzo de 2011

En el vientre de la araña (IV): Nostalgia del chorizo

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Comprendo que la reflexión que sigue puede parecer algo miserable. Pero aquí está. Los simples acordes de una guitarra española, la fortuita aparición de unas imágenes en la televisión, o el pensamiento que vuela una y otra vez en las horas de soledad, buscando, reconociendo las cosas y las gentes que no están, son pellizcos que encogen el alma de los que estamos lejos. Nostalgia purísima de lo que somos, a pesar nuestro.

Uno, sin demasiada consciencia, se va rodeando en lo cotidiano de pequeñas cosas que, en lo tocante a la comida, fiesta mayor al encontrar aceite de oliva o pan blanco al estilo de Castilla, pimentón, ajos, comino o hierbabuena y eso, unas veces más que otras, es un bálsamo más santo que su propia mano. Que la del santo, vamos.

Cuando los padres de mi mujer, en aventura única y sorprendente, empujados formalmente por el nacimiento de uno de sus nietos, aparecieron en Fortaleza, vaciaron su experiencia en atropellado relato haciendo al tiempo lo propio con sus maletas. ¡Y allí estaban!

Dos latas del tamaño de un palmo y gruesas como el puño. Las cubiertas semejaban el interior y mostraban, apretados, rojos, brillantes, pletóricos, increíblemente reales, un mundo entero de chorizos asturianos. Había más cosas. Pero no me acuerdo.

Hasta aquí la nostalgia. Poco imaginaba, a la vista del espectáculo, que esa misma noche se me iban a atragantar, en la sobremesa tardía, después de los postres de papaya y melón japonés. Con la ventaja que proporciona el ver las cosas en la distancia, digo hoy también que poco imaginaba esa noche las consecuencias que habrían de derivarse de tan infausta cena.

En la cordial velada, animada por la proximidad de seres queridos, por la transmisión de afectos que representaban y que traían consigo, y casi al ritmo lento en que apacere la euforia ayudada de aromas, de vinos, de sabores próximos y lejanos en combinación serena, en la cordial velada, digo, se fueron deslizando cariñosas protestas por nuestra marcha de España. Yo a mi vez exponía lo fantástico y enriquecedor de la experiencia, abundando en las posibilidades de toda índole que se nos ofrecían, con la convicción de los elegidos y sin la más mínima duda.

El momento exacto no lo sé. Pero fue un momento exacto. A partir de él, las protestas cariñosas se evaporaron junto al clima cordial de la velada, y vinieron a ser el vapuleo de los sueños y la exigencia del retorno inmediato, fin último y prontamente expuesto de su visita.

Puedo asegurar, con poco margen de error, que fue la última conversación que mantuvimos la madre de mi mujer y yo. Tal es el abismo que se abrió entonces entre nosotros. De Javier, su padre, magnífico superviviente, recuerdo su respetuoso silencio y, supongo, su tragedia interior.

Nostalgia del chorizo de En el vientre de la araña, publicado en División de opiniones, Lobo Sapiens, León, 2001.
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