Y para mí lo era, realmente. En esta aventura de traer aquí más que pinceladas de algunos de los viajes que me han llevado de acá para allá, es éste un recuerdo del primero alojado en mi memoria, que no el primero vivido a consecuencia de los continuos traslados a los que estaban y supongo estarán abocados los profesionales de la milicia, cual era el caso de mi padre, y de los que no recuerdo nada de nada.
Hombre inquieto mi padre y deseoso de prosperidad para los suyos, a punto de cumplir los cuarenta decidió volver a las aulas y cursar los estudios de Estado Mayor en Madrid. Comandante desde cuatro años atrás y cumplida sobradamente la obligatoriedad de su destino en Almería, allá que fue él a cambiar el ordeno y mando por los apuntes de táctica y estrategia y las noches en vela, para asombro de sus compañeros, la mayoría jóvenes capitanes todavía en edad de merecer.
Y cuando lo consideró oportuno tiró de su familia, bastante crecida y casi completa. De los ocho hijos de rigor ya éramos siete dando guerra y complicando los fines de mes y sus principios.
Atrás iban a quedar sin remedio las primeras aventuras, las experiencias totales que lo son cada una de ellas por derecho propio y por irrepetibles, como lo es la edad de la inocencia, tan corta la pobre. Y Madrid cabía en una postal que andaba por casa y servía para poner cara al futuro que los mayores quizá entenderían pero que los pequeños mirábamos sin otra conciencia que la excitación por lo desconocido. ¡Madrid debía ser muy grande pero cabía en una postal!
Un buen día todos al tren, noche larga y carbonilla, túneles que apretaban los oídos e invadían de repente los vagones con estruendo, sordo estruendo que cesaba también súbitamente al final de cada túnel. Por la mañana temprano del 1 de diciembre de 1956 llegamos a un Madrid helado y oscuro y, qué cosas, en ese instante dejó de ser una postal.
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